Google y China: ¿e-geopolítica o google-democracia?

El pasado diciembre comenzó la guerra. Hay quienes señalan que la denuncia de censura y de ataques sistemáticos y coordinados al portal chino de Google, tal como le pasó a Twitter en ese mismo país, es sólo una acción distractora del gigante norteamericano para alejarse de un mercado al que no pudo penetrar comercialmente.

Otros analistas creen que Google encabeza una última cruzada de imputaciones al régimen chino y a sus habituales políticas de control político, social y, ahora, ciberespacial. Especialmente el Open Society Institute, de George Soros, comparte esta hipótesis, como era de suponerse.

Para la segunda semana de enero de este año las acciones de Google habían caído un 1,3 por ciento, mientras que las de Baidu, el buscador líder en China, habían subido más de un 6% (Baidu es el buscador del 63% de los internautas chinos).

En lo más álgido del conflicto, Google investigó a sus empleados chinos ante la posibilidad de que desde dentro se facilitara información clasificada para que otros agentes externos tuvieran acceso no sólo a los servidores, sino a cuentas de correos de activistas y defensores de los derechos humanos, las cuales, supuestamente, fueron intervenidas.

Algunos periodistas de la estadounidense Associated Press señalaron que en la configuración de su correo Gmail, se había activado el reenvío de todos los mensajes entrantes a una dirección desconocida. Diversos abogados, artistas y escritores disidentes en China descubrieron que algo similar había sucedido en sus cuentas.

Google había decidido que los servidores de su correo Gmail, correspondientes a usuarios de China, estuvieran fuera de ese país con el fin de evitar cualquier tipo de interferencia por parte del Gobierno[1]. No logró su propósito, dado que los espías atacaron directamente los servidores ubicados en Norteamérica, donde se alberga también la información corporativa de 30 empresas estadounidenses.

Pero el tema se complicó aún más con la inesperada entrada en escena de Microsoft. Supuestamente el ataque se llevó a cabo aprovechando un fallo en Internet Explorer, lo que, según expertos en seguridad cibernética, podría ser considerado el caso más grave de espionaje industrial y estratégico en la Red.

Para nadie es un secreto que Microsoft es un rival de Google. La empresa McAfee identificó el troyano instalado en los servidores, bautizado como Hydraq, y aseguró que se aprovechó un fallo de Microsoft Internet Explorer que permitió enviar todo tipo de información corporativa a los servidores chinos con los que estaba en comunicación.

Pero, ¿cuál es la lección aprendida hasta ahora, más allá del debate mediático? Internet se está convirtiendo en un polo de influencia en el juego de poder internacional. Revisemos algunos indicios.

Las declaraciones de Hillary Clinton, Secretaria de Estado de los Estados Unidos, contra la censura en Internet provocaron que el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino señalara que las críticas norteamericanas podrían perjudicar las relaciones entre los dos países, incluso habló de un nuevo tipo de “imperialismo informático”.

Este nuevo episodio, ahora de índole diplomático, advierte no sólo una complejidad mayor en el problema sino el reconocimiento de una nueva dimensión: el uso geopolítico del tema por parte de la primera y tercera economías del planeta.

Dos de las claves para entender esta dimensión comienzan a tomar forma: 1) Google había aceptado, al igual que otras aplicaciones en línea de redes sociales, una censura tácita a sus contenidos por parte del gobierno chino, como condición para establecerse en ese país y 2) una de las empresas estadounidenses afectadas es Northop Grumman, uno de los mayores fabricantes de armamento del mundo.

Estados Unidos, desde el gobierno del Presidente Bush, vende a Taiwan armamento bajo el paraguas de un programa de provisión de armas para uso defensivo (6.400 millones de dólares). China ha manifestado su oposición al apoyo militar estadounidense a Taiwan y ya ha hablado de establecer sanciones a las compañías estadounidenses que participen del acuerdo de venta de armas, que incluye misiles Patriot, helicópteros Black Hawk, barcos barreminas y otros armamentos. Aunque el pacto no incluye aviones de combate F16 modernizados ni submarinos, el gobierno chino argumenta que Estados Unidos contempla estos aviones en futuras entregas.

Otro tema que oscurece aun más las relaciones es la reunión entre el líder espiritual tibetano Dalai Lama y Barack Obama, actual Presidente de Estados Unidos. El desarrollo de estas tensiones políticas, militares y económicas en las relaciones entre Estados Unidos y China despierta inquietudes de que ambos países puedan adoptar más políticas comerciales proteccionistas.

Aunque, según algunos especialistas en temas internacionales, parece muy lejano que ambos países rompan relaciones, o escalen el conflicto a niveles extremos, ahora presenciamos movimientos de “sombra” donde cada cual se concentra en medir las respuestas a estímulos del país contrincante. La táctica y la estrategia con un escenario de fondo: el comercio de armas y el control de las ideas.

Mientras las tensiones sobre el caso Google se suman a los habituales roces entre estos dos países (quejas estadounidenses por la infravaloración de la moneda china, acusaciones de Pekín sobre proteccionismo comercial norteamericano, diferencias sobre derechos humanos y el malestar chino por la venta de armas a Taiwan), los principales perjudicados son los maltrechos internautas chinos los cuales encontrarían un virtual monopolio en el tema de buscadores en línea si, como se asevera, Google deja el mercado chino.

Estamos, pues, ante un problema de múltiples aristas. Por un lado, el afán occidental de ganar dinero en China tratando de democratizar al mismo tiempo a ese país; por otro, un Estado totalitario en transición que aún considera un anatema la libre circulación de las ideas y, finalmente, un mercado de armas para la “paz” y el “equilibrio” de una zona con conflictos añejos.

Las soluciones parecen ahora poco previsibles. Lo que podemos hacer es situar las cosas en su justa dimensión y subrayar la presencia cada vez más intermitente de Internet en la compleja trama de relaciones de actores económicos, políticos y culturales y su capacidad de potenciar fenómenos sociales y llevarlos al plano internacional.

Internet, por su naturaleza, convive difícilmente con esquemas de control de información. Más allá de pensar en que existe una red de actores que promueven, desde buscadores como Google, así como redes sociales diversas, la circulación de ideas de la democracia occidental como una nueva estrategia global afín a los intereses norteamericanos, tenemos que pensar en las oportunidades que se abren en el impulso de las capacidades humanas para interactuar e interrelacionarse.

Lo que es un hecho es que Internet se sitúa poco a poco ya como una presencia inevitable en el análisis de algunos temas de la política internacional. Nadie sensatamente podría negar que paulatinamente Internet se coloca en el centro del debate de la democratización de las ideas.

Hay quien piensa que la presencia de Internet está indisolublemente ligada al futuro de la democracia. Los ciudadanos, en Internet, están tomando conciencia de que pueden participar y cada vez hay más ciudadanos activos: creadores, críticos, coleccionistas, miembros de redes, etc. Están participando en redes sociales políticas fuera de los partidos establecidos, están generando inercias sociales por fuera de las instituciones burocráticas.

Aún permanecen insospechadas las fronteras de este medio, pero el caso de Google en China hace reflexionar sobre el alineamiento de múltiples intereses ocultos tras el buscador. No sin un dejo de ironía, podemos señalar que iniciamos el camino hacia auténticas guerras virtuales. Si es así, estamos en los albores de la e-geopolítica o al inicio de una nueva práctica: la google-democracia.


[1] La página china de Google está funcionando desde el 2005, cuenta con 800 empleados en un país que tiene la comunidad de usuarios más grande del mundo con 384 millones, además 3,68 millones de sitios web y 180 millones de blogs.

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